El camino hacia el éxito personal

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“Aprendí que sí uno avanza confiado en la dirección de sus ensueños y acomete la vida que se ha imaginado para sí, hallará un éxito inesperado en sus horas comunes.” Henry David Thoreau 

 

Hace tiempo leí en una página web la historia de un joven que se dedicaba a la albañilería. Él se encontraba feliz trabajando arriba de un andamio. Pero las personas a su alrededor le decían que era un estúpido al desperdiciar su talento al quedarse a trabajar como albañil dado que podría dedicarse a algo más.

El muchacho claramente disfrutaba de su trabajo. ¿Cuál era entonces la razón de que recibiera ese tipo de comentarios? ¿Porque consideran que una profesión es mejor que otra? Creo que es debido a la percepción que tenemos cada uno de nosotros sobre el éxito. 

Vamos a considerar al éxito como la capacidad de alcanzar todas aquellas metas que nos proponemos. A menudo es asociado con la victoria y la obtención de grandes méritos. Él éxito entonces se convierte en una cuestión personal que depende de nuestros objetivos y metas. Lo que nosotros queremos lograr.  Depende de nuestras motivaciones, intereses, principios y valores propios.

Por ejemplo: El logro en una competencia automovilística suele ser terminar en primer lugar. Sin embargo, si un piloto empezó la carrera en el último lugar y llegó segundo, también se puede considerar su participación como un éxito. Todo depende de la perspectiva personal. 

Otra situación que podemos mencionar es cuando se critica a las mujeres que buscan formar o que se dedican exclusivamente a su familia y guardan en un cajoncito su carrera profesional. Sí hemos llegado hasta este punto de libertad donde tenemos el derecho de decidir que hacer con nuestra vida, ¿porque se cuestiona el camino escogido? Cada quien decide la manera de ser y sentirse exitoso.

Llegando a este punto te pregunto a ti, lector: ¿Qué es para ti el éxito? 

Nos han hecho creer que el éxito sólo se encuentra en el exterior; al estudiar una de las carreras con mejor prestigio o siendo un ejecutivo. No descartó la opción de que alguien se sienta realizado al estar en estas situaciones. Pero estoy segura que existen personas que solo lo hacen por el estatus que les pueda generar.

Al estar en un lugar en donde realmente no quieres estar sólo estas mintiéndote a ti mismo. ¿No te gusta la carrera que estas estudiando pero estas ahí por el prestigio? Salté. ¿No te gusta el lugar donde trabajas? Renuncia. He aprendido que las cosas que se hacen sin interés o sin pasión, simplemente no funcionan. Al joven de nuestra historia seguramente ha sido muy feliz trabajando en el lugar que le gusta y que lo llena.

Por Stephanie Herrera

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Somos lo que pensamos

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“Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos pensado; está fundado en nuestros pensamientos y está hecho de nuestros pensamientos.”-Buda

Nuestra capacidad para pensar ha sido considerada por los grandes filósofos como la facultad suprema del ser humano. Entendamos al pensamiento como un proceso mental que nos permite establecer conexión entre nuestras ideas. Siento que es gracias a esta capacidad que hemos logrado grandes avances para la ciencia y la tecnología.

¿Cual es, entonces, el alcance de los pensamientos? Hemos escuchado en muchas ocasiones que somos lo que comemos; pero no imaginamos que también somos aquello que pensamos. Nuestros pensamientos tienen una influencia poderosa en nuestra realidad al grado de parecer que podemos predecir lo que nos va a ocurrir. Como pasa con las supersticiones de la mala o de la buena suerte. No se trata de eso, sino que estamos experimentado una profecía autocumplida (o Efecto Pigmalión).

Llamamos profecías autocumplidas a todos aquellos pensamientos predictivos que tenemos haciendo de manera inconsciente todo lo posible para amoldar la realidad a nuestra idea. Estas expectativas pueden ser tanto positivas o negativas.

Por ejemplo: sí creemos que vamos a fracasar en cierta actividad o proyecto, es muy posible que nuestra conducta se vaya modificando para que esto sea lo que termine pasando, ya que esta creencia va a condicionar nuestras respuestas y nuestra manera de ver la realidad.

Aunque suene sencillo no hay nada más difícil que hacer un uso adecuado y eficaz de nuestro pensamiento. Por lo que tenemos que preguntarnos: ¿Qué nos lleva a pensar de la manera en qué pensamos? La respuesta es debido a nuestras creencias.

Una creencia es una idea que hemos ido interiorizando en nuestra mente de forma inconsciente, y que sin darnos cuenta, dirige nuestros actos. Estas se construyen a lo largo de nuestra vida y están basadas en nuestras experiencias, valores, cultura y tradiciones. Son inculcadas por nuestros padres y por la sociedad en la que crecemos.

Un buen ejemplo es la creencia de que el matrimonio debía durar para siempre, aún cuando se convirtiera en un autentico tormento. La ruptura del matrimonio era considerado un fracaso y un acontecimiento que provocaba vergüenza porque no encajaba con lo que se pensaba en aquel entonces.

En el momento en que cambian nuestras creencias cambian nuestros pensamientos. En el momento que cambian nuestros pensamientos cambiamos nosotros y nuestra vida.

Blaise Pascal (1669) menciona en su obra Pensamientos que “el hombre no es más que un junco (una vara), el más débil de la naturaleza, pero un junco que piensa. Toda nuestra dignidad consiste en el pensamiento. Esforcémonos, por consiguiente, en bien pensar: he aquí el principio de la moral”.

La mejor manera de empezar a cambiar nuestros pensamientos es siendo conscientes de lo que pensamos y porqué lo pensamos. El pensamiento es la mejor herramienta para alcanzar lo que anhelamos, por ello nada es más importante en nuestras vidas que pensar con detenimiento y cuidadosa reflexión.

Por: Stephanie Herrera

 

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¿Éstas hoy donde quieres estar?

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“No tendremos mejores condiciones en el futuro si estamos satisfechos con todo aquello que tenemos en la actualidad.”  -Thomas Alva Edison

Una de las características de la cultura mexicana (por desgracia) es la actitud conformista que escogemos al aceptar todas las situaciones, sean buenas o malas, que se nos presentan en nuestra vida cotidiana. En nuestra sociedad es normal encontrar a personas insatisfechas con su trabajo; el sueldo es poco, el ambiente es pésimo y su jefe lo trata mal. ¿Porque la persona permanece ahí?

Aunque suene extraño las personas prefieren una situación conocida (aunque sea mala) a una desconocida. De ahí nuestro dicho “Más vale malo conocido que bueno por conocer”. Lo desconocido viene acompañado del miedo, del riesgo y del temor al fracaso; por eso es que muchas personas optan por quedarse en una zona segura y de confort. 

Es por esa razón que vamos a ver a estas personas quejarse de las circunstancias pero les aseguro que, en el mayor de los casos, no están haciendo algo para mejorar o cambiar la situación actual en la que viven.

Señalo que es una característica de la cultura mexicana porque es ella quien nos ha inculcado el aguantar situaciones injustas o desgastantes. –Así es la vida, mejor que te vayas acostumbrando-  dice alguien. Aguantar no parece lo idóneo pero sí es lo más común. 

Las personas aceptan situaciones, personas y condiciones en su vida porque llegan a pensar que mejorarlas es imposible.

He aquí donde quiero hacer una distinción entre la aceptación y el conformismo que aunque se utilicen en la misma oración existe una gran brecha entre ellos.

La primera se refiere a la comprensión de la situación y de nuestro papel en ella; puede que no podamos cambiarla pero hacemos lo que está a nuestro alcance mejorarlo. En cambio, la segunda nos habla de cómo alguien se mantiene en un lugar aún cuando podría estar mejor. Por lo tanto aceptar no es conformarse.

Cambiar las circunstancias en las que te encuentras puede ser difícil pero no imposible. Salir de tu pequeña isla segura para aventurarte en mar abierto requiere esfuerzo y valentía, pero te aseguro que vale la pena. El conformarnos sólo nos priva de desarrollar nuestro máximo potencial y de un mundo lleno de posibilidades.

Me gustaría que escucharas una pequeña metáfora realizada por Camilo Cruz sobre este mismo tema dando click aquí. Y antes de irme sólo quiero hacerte una pregunta:

¿Éstas hoy donde quieres estar?

Por Stephanie Herrera 

A propósito del estrés

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Seguramente has escuchado (sobretodo en esta época de finales de semestre) o tú mismo has dicho que te sientes estresado. Pero ¿qué es estar estresado? Se ha hablado bastante sobre el tema del estrés pero aún existen ciertos aspectos sobre este concepto que se ignoran y que se malinterpretan. Espero que leer este post te ayude a conocer más acerca de este padecimiento.

Vamos a comenzar por denominar al estrés como el proceso de adaptación que se pone en marcha ante las demandas externas que recibe una persona. Se trata de la tensión que sientes al tener que enfrentarte a una situación difícil; presentar un examen, viajar a un nuevo lugar o conocer a personas por primera vez son algunos hechos que pueden desencadenar estrés.

Por lo tanto, necesitamos ciertos niveles de estrés para lidiar con los desafíos a los que nos enfrentamos diariamente. No obstante, cuando este nivel se vuelve crónico puede perjudicar la salud integral de la persona. ¿Que pasa cuando inflas un globo más allá de su capacidad? explota. Lo mismo ocurre con las personas en constante estrés.

Llegando a este punto se debe tener en cuenta la personalidad y las características individuales de cada persona van a influir en la manera en que se perciben las situaciones; lo que para mí puede ser estresante puede no serlo para ti e incluso parecerte una tonteria.

En ese sentido, la manera en cómo afrontamos la situación estresante depende de cómo nos enseñaron cuando eramos niños a manejar el estrés. Sí te estas preguntando: ¿Cómo? ¿No es algo que le pasa sólo a los adultos? La respuesta es no.

Una situación puede ser o no ser percibida como estresante dependiendo de los recursos que se tengan para afrontar dicho hecho. Para un niño que tiene pocas o nulas experiencias de las cuáles aprender, todo acontecimiento nuevo puede provocarle estrés; cualquier cambio pequeño en su entorno puede tener un impacto enorme en sus sentimientos de seguridad y confianza.

Me refiero a los niños pero incluso existen investigaciones donde se afirma que los bebés pueden llegar a sentir estrés. El estar enfermo, el sentir frío, calor, hambre, el no recibir abrazos y atención son situaciones que pueden desencadenar el estrés en ellos. Prácticamente los bebés no conocen nada del mundo al que acaban de llegar y todo los toma por sorpresa.

Los infantes no van a expresar con palabras que se sienten estresados. Ellos van a llorar, les va a doler el cuerpo, su cabeza y su pancita. Pueden llegar a tener problemas alimenticios, del sueño, de la conducta e incluso falta de concentración y bajo rendimiento escolar. El estrés en esta etapa temprana de la infancia es especialmente preocupante debido a que puede ser el inicio de problemas que se irán agravando con el paso del tiempo.

Hemos visto (y experimentado) los estragos que producen los efectos negativos del estrés. Sí nosotros cómo adultos no podemos soportarlo ¿porque podría hacerlo un bebé o un niño? Pongamos especial atención a lo que nos dicen y a lo que sienten.

Puede que ellos no sepan con certeza que es lo que está pasando pero sí nos dedicamos a guiarlos en su proceso de crecimiento les estamos dando las herramientas para que puedan, en un futuro, afrontar las dificultades de la vida diaria por sí mismos.

Por Stephanie Herrera

La obsesión por enfermar a alguien más

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Es difícil imaginar que existen personas capaces de hacerle daño a un niño pequeño, a tal grado de poner en riesgo su integridad física y llegando a los extremos de producirle la muerte. Por desgracia, el maltrato y el abuso infantil provienen de personas cercanas a ellos donde se supone que debe de existir un cuidado nato.

Cualquier tipo de maltrato infantil es lamentable e innecesario, así como toda acción que involucre el daño a un niño. Sin embargo, en algunas ocasiones el mensaje no es tan claro y no sabemos distinguir las intenciones ocultas de comportamientos “abnegados”.

Es por esta razón que hoy quiero hablarles sobre una forma de maltrato infantil que a menudo pasa desapercibida durante semanas, meses e incluso años. Considero que uno de los primeros pasos para prevenirlo es saber que existe y es más frecuente de lo que se sospecha.

El Síndrome de Munchausen por poder (Munchausen by proxy) es aquél donde un adulto provoca o finge enfermedades en un niño a su cargo. Según las investigaciones que se han llevado a cabo en hospitales infantiles, generalmente es la madre quien manipula a su hijo e inventa que padece alguna enfermedad para luego solicitar ayuda, sin embargo esto no excluye que el padre u otro cuidador pueda causar el daño.

Es tanto el afán de mantener la mentira que se han llegado a los extremos de provocar los síntomas y las lesiones, ocasionando que los niños se encuentren en un ciclo interminable de pruebas, hospitalizaciones e intervenciones quirúrgicas.

¿Cuál es la razón de que cometan tal atrocidad?

¿Qué es lo que ellas ganan al lastimar a sus propios hijos?

Se piensa que es debido a la atención que ella recibe por parte del equipo de salud que atiende a su hijo cada vez que acude al hospital. Forma una relación con ellos donde se ocupa de mantener una imagen de aparente devoción y preocupación por el niño lo que la hace quedar fuera de toda sospecha de ser considerada como una posible agresora.

Sí indagamos más acerca del origen de esta motivación podemos decir que se debe en gran parte al entorno donde nacieron y crecieron estas personas. Según las investigaciones, suelen ser jóvenes, de bajo nivel socioeconómico y desempleados. Además se han encontrado indicios de que ellas mismas han sido victimas de maltrato, abuso sexual y abandono emocional en la infancia. Al mencionar esto, no justificó la conducta sino que se comprende la formación del Síndrome de Munchausen por poder.   

Sin embargo, parece que estos no son los únicos motivos, en ocasiones puede ser debido a la obtención de una recompensa material como en el siguiente caso:

Reino Unido, 2007. 

Lisa Hayden Johnson es arrestada y condenada a 3 años 3 meses tras admitir los cargos de manipulación infantil y estafa de los que fue acusada. Permaneció 6 años fingiendo que su hijo estaba enfermo a tal grado que el mismo niño llegó a creer que realmente se encontraba mal. Lisa realizaba actos ficticios para mantener la mentira, como hacer que su hijo usara silla de ruedas, alimentarlo por una sonda, atribuirle parálisis cerebral o mezclar glucosa con una muestra de orina para simular diabetes. Todos estos actos le proporcionaban donaciones, regalos y conocer a celebridades. La alerta la dio uno de los médicos del niño al revisar su historial médico y darse cuenta que el diagnostico era poco claro y perdurable, por lo que se inició una investigación que culmina en su encarcelamiento.

Los cuidadores obtienen beneficios emocionales o materiales a costa de la salud de los menores. Las personas que abusan de los niños de esta manera no son mayoría, sin embargo se sospecha que este síndrome podría explicar muchos casos de muerte infantil.

El Síndrome de Munchausen por poder es difícil de comprender y digerir, sobretodo por la implicación del daño a menores ocasionado por adultos comprometidos con su cuidado. Este padecimiento es una realidad, no se trata de un suceso aislado ni falso, sino que existe documentación de un gran número de casos. El saber que existe nos obliga a estar alerta y a pensar en la probabilidad de que sí un niño se encuentra constantemente enfermo sin ninguna causa aparente tal vez se halle atrapado en este síndrome.

Por Stephanie Herrera

 

Fuentes bibliográfica:

Cerda Ojeda, F. de la, Goñi González, T., & Gómez de Terreros, I.. (2006). Síndrome de Munchausen por poderes. Cuadernos de Medicina Forense, (43-44), 47-55. Recuperado en 21 de noviembre de 2016, de http://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1135-76062006001100004&lng=es&tlng=es.

Maida S., Ana Margarita, Molina P., María Elisa, & Carrasco Ch., Ximena. (1999). Síndrome de Munchausen-por-poder: un diagnóstico a considerar. Revista chilena de pediatría, 70(3), 215-220. https://dx.doi.org/10.4067/S0370-41061999000300007